Relatos Anónimos de las tierras de Hazam

De Reinos de Dracomiconia, la enciclopedia libre.


Tabla de contenidos

Prologo

Aquí comienza el fragmento relativo a la Isla Viva que se ha podido recuperar. Faltan numerosas páginas perdidas o ilegibles por su deterioro.

[...]

En mis interminables viajes por estas tierras llegué a las costas del mar de Glimpax. Este país rodeado de montañas estaba formado por un conglomerado de ciudades independientes dedicadas al comercio, casi todas ellas situadas junto al mar. A pesar de no formar un estado cohesionado era evidente que funcionaban bien coordinadas, y no tuve la menor noticia de conflictos entre ellas en un pasado próximo o lejano.

[...]

No tarde en enterarme de que la razón de la prosperidad que gobernaba aquellas tierras no era otra que la existencia de una isla en el mar de Glimpax, conocida como La Isla Viva. Yo ya había oído rumores anteriormente sobre ese misterioso lugar, pero nunca les había dado el menor crédito por lo fantasiosos que me parecieron.

Sin embargo era evidente que no todo lo que se contaba era falso. En los mercados de las costas de Glimpax se encontraban todo tipo de productos maravillosos, sobre todo pociones aunque también manufacturas de origen vegetal. Eran estos elementos muy valiosos, de alta calidad, y desconocidos en otras partes del mundo. Su exportación estaba convirtiendo a las mas grandes ciudades costeras en incipientes emporios comerciales.

Obtener información de los lugareños no era nada fácil, ya que sus historias parecían no menos extravagantes que los relatos que había oído anteriormente, y con el agravante de que terminaban hablando más de la grandeza de su propia ciudad que de la isla. Pero a pesar de todo mis indagaciones no fueron vanas pues, si no me llevaron a ningún sitio, si hicieron que “alguien” se interesara por mi.

Los Nadari

Estaba yo descansando en mi habitación, en la posada de turno, cuando llamaron a mi puerta con fuerza. He de reconocer que me asusté, pues pocas veces ocurría tal cosa durante mis viajes, ya que rara vez permanecía suficiente tiempo en algún lugar como para trabar amistades, y esta no era precisamente una de ellas. Mi primer pensamiento fue en relación con las autoridades, con quien ya había tenido problemas en otros lugares (una de ellas llegando incluso a ser acusado de espionaje, como ya he declarado). Así que pegué un brinco y me preparé rápidamente.

Con la mano temblorosa giré el pomo de la puerta, y cual no sería mi sorpresa cuando me encontré, en vez de un par de guardias de la ciudad, a una sonriente jovencita rubia que me miraba intrigada.

- Hola, me llamo Jasira - se presentó – He oído que buscas información sobre la Isla Viva. ¿Puedo pasar?

Y antes de que me diera cuenta se había acomodado en mi habitación y me bombardeaba con preguntas sobre mis anteriores viajes. Por su actitud parecía una niña, pero no dudé ni por un momento que con su estado de forma y energía hubiera podido tumbarme fácilmente. Su acento, su constitución y rasgos, así como su rubia cabellera y azules ojos la delataban como descendiente de las gentes del norte, pero su indumentaria era nueva para mi.

Vestía un traje suelto, similar a los que se veían en el mercado de la ciudad, aunque mas sencillo, sin los complejos y rebuscados adornos que les añadían los sastres locales. De una sola pieza y, aparentemente sin costuras, estaba tejido con un extraño material, similar a la seda, pero tan grueso como la lana. Amarillento como esta; pero allí donde la luz se posaba, adquiría un color blanco brillante, mientras que en la sombra su tono era mas bien verde oscuro.

Llevaba también unas botas del mismo material, sin suela, y rodeadas alrededor de las piernas por cordones verdes, que se entrecruzaban permitiendo ajustarlas. Sobre las rodillas comenzaba el vestido. No tenía botones, sino que se metía por la cabeza, aunque contaba con un cordel para ajustar en la cintura, del cual colgaba un pequeño cuchillo en funda de cuero, mas un utensilio que un arma real. Otro cordón en zig-zag en el pecho permitía abrir un poco el vestido, o mantenerlo cerrado hasta el cuello Pero lo que mas me llamó la atención de su atuendo era lo que dejaba al descubierto este último cordón: Un colgante extraordinario, de color verde olivo y enrevesadas formas que parecía adherirse a su piel, y del cual brotaban adornos de distintos colores.

Para entonces yo ya había logrado deducir, a pesar de que las preguntas las hacía ella y respondía yo, que esta chiquilla era originaria de la Isla Viva. He de confesar que a pesar de que ciertamente la muchacha parecía poseer un don para arrancar de mi mente las respuestas mas detalladas, también influyó un cierto sentimiento de orgullo que embarga en ocasiones a los hombres de saber, cuando hablan sobre aquel que es su ámbito de estudio. Pero había transcurrido ya un par de horas, y aunque mis viajes fueron largos y pródigos en anécdotas, curiosamente sus conocimientos eran extensos para alguien de esa edad, y a estas alturas quedaba poco que contar dado que, como ya he comentado, la información salía de mí a raudales, como antes solo me había ocurrido en los momentos de máxima inspiración, o mayor embriaguez.

Así que, en un momento de descuido en el que detuvo mas de lo normal su retahíla de preguntas, logré acumular la suficiente entereza como para interrogarle a cerca de su colgante.

- Este – dijo mientras se desabrochaba el colgante y lo depositaba en mis manos – es un Nadari.

- Nadari... ¿Esos no son los habitantes de la Isla Viva? – pregunte mientras examinaba el collar. Era húmedo o aceitoso al tacto, aunque la mano no parecía mojarse al tocarlo. Se notaba un cierto cosquilleo en sujetándolo.

- Así es – contesto ella

- ¿Estas joyas son el origen de vuestro nombre?

- No son joyas, son plantas – respondió Jasira, divertida por el comentario.

Volví a mirar el colgante que sujetaba entre mis manos. Habituado como estaba a ver estos adornos como joyas, no había reparado en que la flexibilidad y suavidad que presentaba era mas propia de un vegetal que de cualquier otro material artificial. Y aquello que antes había tomado como incrustaciones de adornos de distintos colores, eran mas bien frutos o flores. Sus enrevesadas formas tenían ahora mucho mas sentido si se comparaban con las ramas de un árbol.

- ¿Qué clase de planta es esta?

- Es un Nadari, nuestro compañero – dijo como explicación, creándome aún mas dudas

- ¿Vuestro compañero? ¿Qué significa esto?

- Cada habitante de la Isla Viva tiene desde su nacimiento un Nadari que le acompaña y guía en la vida.

He de decir que cada vez estaba mas confuso con este tema, y posteriores explicaciones no me aclararon mucho mas.

Viaje a la Isla

Llamaban a la puerta. Me levante adormilado y abrí sin saber muy bien lo quehacía. Era Jasira:

- ¿Quieres ir a la Isla? – pregunto.

- ¿La Isla? – Apenas recordaba. Solo un momento antes de su partida habíamos hablado algo de ella. No le había dicho nada, pero... ¡si! Quería ir.

Así que respondí afirmativamente.

- Pues recoge tus cosas – ordenó.

Aún no había salido el sol. Es todo lo que puedo recordar. Por aquel entonces nunca me levantaba antes de la salida de sol, y realmente me gustaba dormir. Si alguien apareciese afirmando que durante el trayecto entre la posada y el embarcadero la ciudad fue atacada en medio de una fiesta, mientras sufría un terremoto, yo sería incapaz de negarlo. Solo se que llegamos hasta allí, y que para mi decepción, Jasira no venía conmigo.

Nada mas subir al bote me invadió el sueño y quedé completamente dormido. Al despertar nos encontrábamos en medio del mar, con las olas arrullándonos suavemente, y rodeados de niebla por todas partes. Al menos ya había salido el sol y pude ver al barquero. Era un hombre moreno, con barba, que llevaba un atuendo similar al de Jasira. Sin embargo su “compañero”, esa planta, no se encontraba alrededor de su cuello, si no que recorría todo su brazo derecho. Hablé con el largo y tendido, aunque de temas intrascendentes. Como Jasira me hizo muchas preguntas, pero con menor insistencia. Se le veía muy informado, ese barco debía transportar mucha gente de distinta procedencia.

[...]

La isla se encontraba cubierta por completo de vegetación, hasta alcanzar el agua. Y probablemente bajo ella se encontrasen también diferentes vegetales marinos. No presentaba relieve importante, llegando las zonas mas altas que se atisbaban alcanzar pocas decenas de metros sobre el nivel del mar, dudo mucho que la centena. El tamaño de la isla era difícil de calcular por mi posición, pero parecía muy grande. Según supe después, se medía en centenares de kilómetros cuadrados.

El puerto se encontraba situado en una bahía natural que protegía a varias decenas de barcos. Todos ellos eran blancos, del mismo material que la barca que me transportaba. Los había de diferentes tamaños pero dudo que ninguno de ellos pudiese albergar cincuenta personas. Eso si, no dudé por un momento que fuesen tan rápidos y maniobrables como el que me había traído hasta aquí.

No había muelles, sino que la quilla quedaba encallada en la vegetación de la costa, y desde ella se tendía una pasarela para bajar del barco.

[...]

Costumbres de los Nadari Kabe

Durante el tiempo que permanecí con mi amigo Hemday aprendí muchas cosas sobre los Nadari y sus huéspedes. Fue una suerte dar con este hombre, pues como ya he comentado, la mayor parte de los visitantes estaba allí por cuestiones de magia o alquimia, para estudiar plantas y el potencial de los extractos que de ellas se obtenían. Hemday era sin embargo un humanista, y estaba mas interesado en la historia y costumbres de estas gentes. Y ante todo estaba dispuesto a compartir sus conocimientos.

Según Hemday, los Nadari habían llegado hacía mucho a esta isla, colonizándola por completo. Abandonaron todo intento de salir de ella pues las gentes del continente no veían con buenos ojos su irrupción, y los destruían nada mas llegar. Sin embargo, aunque se habían resignado a mantenerse en su bien protegida isla, los Nadari deseaban mantener contacto con el exterior, rechazando el quedarse aislados del mundo.

Su oportunidad les fue llegando en forma de reducidos grupos de personas de distintas razas que llegaron a la isla en tiempos difíciles, convirtiéndose en sus huéspedes. Las diferentes razas, conocidas como Kabe, establecieron tribus en diferentes zonas de la isla, estableciendo con los Nadari una especie de simbiosis de beneficio mutuo.

Los Nadari Kabe son independientes en teoría de los Nadari, pero en la práctica la influencia que ejercen estos sobre aquellos es tal que realmente forman un único pueblo. Por ejemplo, todos los Nadari Kabe tienen una serie de características comunes: Viven en pequeñas aldeas, separadas entre ellas por unos pocos kilómetros.

Estas aldeas se establecen alrededor de unos claros, y en ellas se distribuyen las mismas típicas viviendas naturales que ya he descrito anteriormente. Los Nadari les proporcionan también a todos las mismas ropas, y frutos con que alimentarse. Y por supuesto todos los Kabe, independientemente de su raza, cuentan con un “compañero”. Este tiene bien justificado su papel de guía de los Kabe, y es el máximo responsable de la simbiosis entre los Nadari y los Nadari Kabe. Hemday está convencido de que los “compañeros” son en realidad mucho mas adultos y conscientes que el Kabe al que acompañan. E incluso es posible que algunos “compañeros” sobrevivan a su Kabe, y aprovechen su experiencia en compañía de otro posteriormente.

En opinión de Hemday los “compañeros” son conscientes de lo que ocurre a su alrededor, incluso mas que los propios Kabe. Y transmiten información a su portador a través de un lenguaje de vibraciones que los Kabe han aprendido a comprender. No solo de esta manera influyen en ellos, sino que según la experiencia de Hemday, son capaces de producir compuestos que transmiten a su portador a través de la piel sobre la que se asientan.

Así es que todo Kabe, desde su nacimiento, cuenta con un “compañero” que crece con él, y del que va aprendiendo. Parece ser que en un principio esta relación fue mucho mas agresiva, siendo imposible separar al portador y a su “compañero” ya que este llegaba a introducirse bajo la piel del otro. Pero el desagrado que esto producía entre los extranjeros llevó a los Nadari a replantear su estrategia.

[...]

Durante su infancia, los niños se dedican a escuchar historias de aventuras, y mas adelante a contarlas e inventarlas. También van introduciéndose en juegos que se van convirtiendo durante el crecimiento en formas de duro ejercicio físico. Esta preparación les es de mucha utilidad cuando al entrar en la adolescencia se les empieza a mandar al exterior. Las primeras “aventuras” de estos jóvenes consiste simplemente en adentrarse en las ciudades de la costa que mantienen con la isla una especie de lazos de vasallaje. Allí se acostumbran a la vida y costumbres continentales, y vuelven a la isla para relatar anécdotas. De esta manera los mas jóvenes conocen los problemas cotidianos a los que se pueden enfrentar en su primer viaje.

En estos comportamientos se ve la política anti-aislacionista de los Nadari. No permiten que los Kabe se acostumbren a la vida cómoda que pudieran ofrecerles, y les instigan para que vivan una vida plena de aventuras y riesgos. De hecho el dolor es un tema recurrente en sus ejercicios, y no resulta infrecuente que algún Kabe termine postrado en la cama durante días dándose algún caso incluso de lesiones irreversibles. El objetivo es llegar a dominar el dolor, algo que parece ser que terminan logrando. Incluso la muerte es un tema recurrente en sus relatos. Para lograr que los Kabe acepten estas duras condiciones, en vez del paraíso que tienen al alcance de sus manos, los Nadari han llegado incluso a instituir el culto a Faere entre los Kabe, a pesar de que su pensamiento racionalista es mas propio de los seguidores de Rea. Se imprime en los Kabe desde pequeños que el único modo de vida posible, o al menos noble, es la vida de aventuras continuas hasta la vejez.

Se realizan decenas de celebraciones al año en donde se honran a los antepasados, y héroes legendarios, así como a los ancianos de la tribu. Curiosamente, y de forma inexplicable, el entrenamiento marcial queda fuera de las enseñanzas que reciben los pequeños Kabe, aunque la mayoría lo practica por su cuenta en sus viajes por el exterior. Sin duda alguna los Kabe podrían llegar a ser excepcionales soldados por su entereza y disciplina, pero lo cierto es que su número tampoco permitiría formar un ejército. De lo que no hay duda es que sus habilidades les convierten en diplomáticos sin parangón en el mundo.

[...]

Aquí se interrumpe de forma definitiva el relato, hasta estar bien alejado el autor del mar de Glimpax.

Personal tools